El Obispo de Ayacucho antes, durante y después de la toma de rehenes en la Embajada de Japón
en Lima
Durante los 126 días que ha durado la crisis de la Embajada japonesa en Perú, ha sido citado con
cierta frecuencia el nombre de Mons. Juan Luis Cipriani, Obispo de Ayacucho, debido a la importante función
mediadora que ha cumplido dentro de todo el conflicto. Para llegar a comprender el papel que ha jugado en los meses
de secuestro, es necesario, primero que nada, conocer su persona.
Mons. Cipriani nació en el seno de una familia bien situada en la sociedad de Lima. Hijo de uno de los primeros
miembros peruanos de la Prelatura del Opus Dei, pertenece a dicha institución de la Iglesia Católica
desde su juventud. Durante los años sesenta jugó como base de la selección peruana de baloncesto,
cuando el equipo nacional llegaba a finales de campeonatos continentales e incluso a competir en los Juegos Olímpicos
de Tokio.
Estudió Ingeniería Industrial y ejerció durante un tiempo, hasta que abandonara la profesión
para realizar estudios eclesiásticos y ordenarse sacerdote. Es doctor en Teología por la Universidad
de Navarra (España).
En 1988 fue nombrado Obispo de Ayacucho, provincia que linda al noroeste con la de Lima y de la que, debido a su
pobreza, se ha nutrido de activistas el grupo terrorista Sendero Luminoso. Atribuye su nombramiento a un libro
suyo titulado ”Catecismo sobre la doctrina social de la Iglesia”, que alcanzó una gran difusión coincidiendo
con la visita de Juan Pablo II a Perú aquel año.
Al poco de comenzar su labor como obispo, y además de atender las tareas propias de su ministerio, empezó
a hacer una importante labor pastoral entre la juventud. Aprovechando su destreza en el baloncesto juega con los
alumnos de un colegio del que salen muchos para Sendero.
Como el mismo afirma, ”son muchachos que no tienen alicientes para nada en la vida, porque la vida tiene poco que
ofrecerles. Con frecuencia sus hogares están rotos. No tienen ni la alternativa de poder comprarse una camisa,
ni saben si van a poder comer ese día. Yo les sacaba (...) cualquier cosilla para comer, y me di cuenta
de que la devoraban, no por mala educación, sino porque tenían verdadera hambre. Así se entiende
un poco el fenómeno de Sendero. ¡Ojo!, no quiero decir que se justifique (...) pero si tu vida está
tan devaluada, cuando se la estás quitando a otro no le estás quitando nada de valor.”
Cipriani intenta vivir la dura situación de la zona con los demás y ayudarles a que salgan adelante.
”Yo les dedico cientos de horas, aunque me las tenga que quitar de dormir; les doy ropa cuando puedo; cuando los
detienen voy a comisaría y le digo al comisario: ‘no me muevo de aquí hasta ver qué pasa con
esos muchachos’ ”.
Debido a la peligrosidad de Ayacucho la policía no cesa de recordarle que tome medidas de seguridad y que
acepte protección. Aunque es consciente del riesgo que corre, procura no dejarse intimidar por el terrorismo
y concluye siempre: ”el día que deje de tener confianza en mi gente, estoy perdido”.
Está convencido de que el fin de la pobreza y del terrorismo en Ayacucho es posible si todos ponen algo
de su parte y si se cumple la doctrina social de la Iglesia. En cierta ocasión fue invitado a dar una conferencia
sobre ética empresarial en CADE, el congreso de empresarios más importante de Perú. ”Yo les
expliqué la doctrina social de la Iglesia. Les dije que había que pagar jornales más justos;
que había que arriesgar más; generar más puestos de trabajo, traerse el dinero que tenían
en Estados Unidos e invertirlo aquí; que había que pagar los impuestos, tratar mejor al obrero...
Y acabé por decirles que los peores terroristas de Perú eran los malos empresarios que defraudaban
el justo salario y trataban mal al trabajador.”
El Obispo de 53 años ha aparecido ligado al secuestro de la Embajada japonesa en Lima desde el principio.
Actuando siempre en representación de la Santa Sede, ha jugado un gran papel mediador entre ambas partes.
Por un lado trataba de mantener el estado de ánimo de los rehenes. Por otro lado trataba de persuadir a
los secuestradores de que el Estado peruano no iba a aceptar sus exigencias, pues pedían la liberación
de 431 presos, algunos de ellos con cadena perpetua. ”Ahí hubo que forcejear mucho hasta que al final redujeron
la lista a 20”. Por último trataba también de convencer al Presidente Fujimori de que flexibilizara
su actitud de no ceder al chantaje de las armas.
En una entrevista concedida a la revista italiana ”Tracce” el pasado mes de febrero, afirma: ”Mi presencia obedece
a una petición (...) expresada tanto por el gobierno peruano como por los miembros del Movimiento Revolucionario
Tupac Amaru. Después de valorar varias opciones, las dos partes se pusieron de acuerdo en aceptar mi presencia.
Me llamaron entonces para entrar en la embajada, con el fin de ocuparme directa y exclusivamente de eso que podríamos
llamar ‘ayuda espiritual’. (...) Es una oportunidad para ‘buscar’ entre los miembros del MRTA esa semilla de humanidad
y de respeto por la vida que puede facilitar una mayor comprensión. Explicarles que la violencia no es nunca
un camino hacia el bien de ningún tipo, y que nunca puede justificarse como medio.”
El Obispo de Ayacucho, en una entrevista publicada por el Diario El Mundo (Madrid, España) el pasado 11 de mayo, explica que su mayor preocupación durante los últimos meses ha sido la de conseguir una vía mediante la cual el secuestro acabara de una manera pacífica. ”En todo el tiempo (...) me sentí padre de una gran familia de 86: los 72 rehenes y los 14 miembros del MRTA. Quería sacarlos a los 86 vivos y caminando”. Se siente frustrado por el terrible desenlace. ”He invertido muchas horas de esfuerzo, de diálogo, de oración, y no entiendo este final tan indeseable. Dios ahí me desconcierta. Sólo me lo puedo explicar ante el misterio del bien y del mal y de la libertad humana”.
En la misma entrevista niega haber conocido y colaborado en la acción militar que dio final al secuestro.
Contradice las acusaciones de haber introducido micrófonos o transmisores en la Embajada: ”Me parece estúpido
pensar que el servicio de inteligencia de Perú, en 126 días, no haya tenido todo tipo de sistemas
de comunicarse o para escuchar lo que ocurría dentro”.
Hay que tener en cuenta que la Embajada ha sido durante los meses del secuestro lugar de paso para mucha gente
y que ha recibido multitud de cargamentos de comida y ropa.
Cuando la entrevistadora le pregunta el motivo por el cual lloró delante de las cámaras al conocer
la noticia, él responde: ”Sólo un animal no lloraría. Sentía, como ahora mismo, un
dolor muy grande: desde Cerpa hasta la muchachita que estaba siempre junto a la puerta y que me saludaba el entrar
y al salir, ya eran como hijos, como hermanos. Había logrado una amistad con ellos y una cercanía.
Conversábamos, discutíamos, de sus ideales políticos, de sus métodos violentos, de
sus familias, de Dios (...) También me da una pena inmensa la muerte del juez Ernesto Giusti y los dos militares.
Y lloro por él”.
A la pregunta de si se habrán salvado los 17 fallecidos responde: ”Yo no soy Dios para juzgarlo. Pienso
que más de uno y más de dos, ¡ya lo creo que se han salvado! No puedo decir nada sobre si les
confesé o no (...) Hubo conversaciones, muchas, y consejos a tumba abierta”.
Vicente José Poveda Soler